Cáceres merecía el aplauso, el cariño y el calor que recibió. Lo merecía
por su zaragocismo, por su empeño en vivir y por su fe en la fe. Y para que todo
eso le llegase ahí estuvo esta ciudad, esta afición vapuleada y humillada. Ahí
estuvo este sentimiento que vive secuestrado desde hace varios años y amordazado
por la putrefacta ambición de algunos. Ahí estuvimos, juntos, emocionados,
felices para otorgarle a ese espíritu de fuego pampeño el título de Comandante
Vida
jueves, 21 de noviembre de 2013
Lloró el Negro, muere el león
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